sábado, 17 de enero de 2015

Mi parto

Esta noche, hace dos años y medio, nacía mi hija Iris. Fue la noche más emocionante de mi vida. He querido escribir sobre mi parto antes, supongo que no había encontrado el momento adecuado. Esta es la historia de un parto respetado, buscado y encontrado.



Cuando estaba de seis meses fuimos a la clínica Acuario, a informarnos. Nos llevamos una sorpresa cuando nos dijeron que seguramente cerrarían, y decidimos confiar que en la pública nos iría bien. Y acertamos. Una noche empecé a sentir contracciones. Ya las había sentido semanas antes, muy separadas entre sí. Esa noche supe que estaba de parto, porque las sentía cada poco. Tomás y yo contábamos el tiempo que transcurría entre contracciones. Era un dolor similar al del periodo, pero muy leve. Nos fuimos a dar un paseo, era una noche fresca de verano. Nos sentíamos felices, muy emocionados por lo que íbamos a vivir juntos. Nos sentamos en un banco, en frente del reloj de la iglesia de Las Bayas. La matrona que nos hizo la preparación al parto nos dijo que cuando las sintiera cada cinco minutos fuéramos al hospital. Eran las cinco de la madrugada cuando nos fuimos para el hospital. Después de la espera y la emoción, nos dijeron que no estaba de parto.

Sorprendidos, algo confundidos, nos volvimos a dormir ya con la luz de la mañana. Estaba segura de estar de parto, pero pensé que después de descansar en casa podía volver, no había prisa. Esa fue la primera buena decisión: hacer más tiempo en casa. Conseguí dormirme a pesar de las contracciones, porque estaba muy cansada. Cuando me desperté las contracciones eran muy fuertes. Recuerdo haberle pedido a Tomás comida para llevar, que bajara a la cafetería de abajo a por un par de raciones y que al final no nos diera tiempo de comernos nada: sentía demasiado dolor y quería ir al hospital. "¿Pero estás segura?" Jajaja Ahora me río. Aquello dolía mucho. Fué lo que más me dolió en todo el parto. Cuando llegué la ginecóloga que me observó se sorprendió: "Eres primeriza, pero todavía no has borrado el cuello. Estás de cuatro centímetros."

Nos quedábamos en el hospital, eso era seguro. Solo el saberlo me calmó el dolor. Las primerizas suelen borrar primero el cuello del útero, y cuando ya se ha estrechado, empiezan a dilatar. Pero ese no fue mi caso. Cada caso es único, cada parto es único. Cuando me ingresaron me sorprendieron gratamente las instalaciones. Teníamos una habitación para estar solos, Tomás y yo (y Iris), mientras dilataba. Me tumbaron en una habitación con aire acondicionado y me conectaron para monitorizar las contracciones y escuchar el corazón de Iris: tenía frío y el frío me producía dolor. Les pedí que quitaran el aire acondicionado, pero no se podía quitar. Sin embargo, nos podían cambiar a otra habitación en la que el aire acondicionado no se notaba. Esta nueva habitación fue perfecta: era templada, tenía una ventana, y ésta daba a un rinconcito de cesped con un árbol que movía sus hojas al son del viento. Su ritmo me calmaba, me hacía sentir en paz. Seguía helada y la matrona me ofreció una bolsa de agua caliente, que me calmó mucho.

La matrona que me atendía era una mujer cercana, tranquila y muy profesional. Me enseñó a respirar, porque me permitió aprender y confiar en mi misma. En la preparación al parto la matrona Rosa nos dijo que debíamos seguir a nuestra pareja para respirar. Por eso, cuando todavía no había llegado Tomás a la habitación, le pedí ayuda a Paqui para respirar. Para mi sorpresa, me dijo que nadie podía enseñarme ni guiarme a respirar. Que era yo quien sentía el dolor y sólo yo podía saber cómo respirar. Debía intentar llevar el dolor con la respiración, sentir la respiración para mitigar el dolor. Me dijo que no tuviera miedo, y que podía hacerlo. Y así fue. Empecé a sentir que respirar era como llevar un yo-yo, arriba y abajo. Por fin dejé de sentir dolor.

Tomás llegó a la habitación alrededor de las cuatro de la tarde. La primera vez que me midió Paqui me dijo lo mismo que la ginecóloga: estaba de cuatro centímetros con el cuello sin borrar. Nos dijo que estaba a punto de parir, que los primeros cinco centímetros eran los más lentos y que a partir de los cinco se dilataba mucho más rápido. Quedaban cuatro horas para que se fuera y seguramente pariría con ella. Recuerdo que entonces le pregunté si el dolor empeoraría y me dijo que no, que sería todo el tiempo igual. Me sorprendió, por la imagen que sacan en las películas: no tenía nada que ver con mi realidad.

Paqui se sorprendió cuando me midió por segunda vez, estaba incluso algo preocupada. Me dijo que había borrado el cuello, la nena estaba más bajita, que todo iba bien, pero que estaba evolucionando despacito. Además, la nena tenía una bolsita en su cabeza que impedía que empujara con fuerza. Me preguntó si quería romper la bolsa para que con la cabeza la nena pudiera empujar mejor, oxitocina para acelerar el parto y epidural para mitigar el dolor, y le dije que no. Entonces me dijo que el siguiente matrón era alguien con experiencia en partos en agua y en casa, que era un encanto y que todo iría bien. Fue muy respetuosa. Antes de irse me midió de por última vez. Más tranquila, me dijo que el parto seguía avanzando despacito: había dilatado un centímetro, ya estaba de cinco centímetros, con el cuello borrado y además la bolsita de la cabeza de la nena había desaparecido.

Yo sentía las contracciones más intensas, pero las llevaba estupendamente porque sabía que quedaba menos para conocer a Iris. Tengo una foto que me hizo Tomás en la que estoy sonriendo en plena contracción. Es un tesoro conservar ese recuerdo.


Como habían pasado cuatro horas y todo estaba tranquilo, Tomás decidió irse a comer. Eran las ocho de la tarde cuando, en el cambio de turno, conocí a Fabio, el entrenador que me ayudó a subir a mi cima. Es un matrón profesional, y una persona excepcional. Se alegró cuando supo que había elegido un parto natural, y me midió a la media hora de irse mi anterior matrona para no molestarme. Me explicó que tenía que volver a medirme porque los matrones miden con la mano y es una medida algo subjetiva. Cuando me midió me dijo lo mismo que Paqui.

Al rato de irse Tomás a comer, entró el ginecólogo de turno echo una furia, con él detrás y un pequeño grupo. "Lleva cinco horas aquí, esto es intolerable. Cómo habéis permitido esta barbaridad. Hay que romper esa bolsa, y poner oxitocina ¡ya!"
- Perdone, pero a mi no me va a romper la bolsa.
- ¿Cómo has dicho?
- Que no, que no me va usted a romper la bolsa.
Esa fue la segunda buena decisión que tomé. Estaba sola y la decisión tenía que tomarla en ese momento. Fabio estaba preocupado cuando entró, pero sonrió cuando me escuchó. Yo supe que estaba en buenas manos y hablaba tranquila. Fabio, muy serio, se le acercó al ginecólogo y le dijo que él se hacía cargo, que no había ningún problema. El parto seguía su curso y todo estaba bien. Todos muy serios, y el ginecólogo gritando, le dijo que luego no le llamara cuando todo fuera un desastre, que no quería saber nada. Se fue dando un portazo. Yo sentí la siguiente contracción, y sabía que todo estaba bien. El parto seguía avanzando. Yo no tenía prisa por parir y no quería que me forzaran. Al poco el ginecólogo entró de nuevo amenazante y me dijo que para no intervenirme tenía que firmar un papel en el que "me haría responsable de la muerte de mi hija". Esas palabras no las olvidaré en mi vida. Le dije que adelante, que me los trajera en cuanto antes, por favor. Y le pedí que no gritara ni diera portazos, porque estaba de parto y me dolía el ruido. Se fue hecho una furia y entró de nuevo al poco con dos papeles que me hizo firmar sobre mi barriga (no podía ser más bruto): uno para él y otro para mi. Hablaba a gritos con el personal, y los matrones que estaban haciendo prácticas no daban crédito a lo que estaba pasando.
 - ¿Estás segura? Puedes cambiar de opinión, todavía estás a tiempo. -me dijo mientras me los ponía en la barriga.
- Sí, estoy segura, gracias. 
Firmé y le pedí muy serena que no volviera a entrar, por favor. La tercera buena decisión, la mejor de la noche. (Recuerdo que cuando ya estaba casi a punto de parir entró casi de puntillas a recoger la copia que me había dejado, diciendo que ya no hacía falta que la tuviera. Sentí que era un pobre cobarde y me dio igual. Mi parto era mi centro de atención y todo lo demás no me importaba.) A partir de su desaparición todo fue sobre ruedas. Fabio atendía otros cinco partos, y hacía conmigo lo que podía. Yo no paraba de llamarlo. Y Tomás estuvo siempre apoyándome, me ayudó en todo.

Cuando volvió Tomás se encontró al ginecólogo por el pasillo, antes de entrar en la habitación, y éste le contó alarmado que lo que estaba ocurriendo era un disparate, que me hiciera entrar en razón: el parto tenía que intervenirse en cuanto antes. Tomás le preguntó qué opinaba el matrón, y cuando le dijo que estaba de mi lado, le dijo al ginecólogo que me apoyaba en todo. Cuando Tomás entró en la habitación pude contarle lo ocurrido con el ginecólogo. Él confió plenamente en mi y en Fabio, y estuvo de acuerdo con mi decisión. Eso también me dio muchas fuerzas.

Con lo inquieto que es mi chico, estuvo sereno y en silencio, sentado en una mecedora a mi lado. Era lo que yo necesitaba, tenerle cerca y nada más. Estaba muy sensible, necesitaba quietud a mi alrededor, paz. Sólo ver cómo se movían las hojas del árbol. Recuerdo también cómo me ayudó cuando estaba tumbada, con la pelota desinflada entre las piernas, para empujar de lado. Compartir el parto con Tomás me unió mucho más a él.

Iris intentaba salir hacia mi pierna derecha, y al empujar dejaba de escuchar en el monitor su corazón. Al preguntarle a Fabio nos dijo que tendría alguna vuelta de cordón, pero que de todos modos debía empujar cuando sintiera ganas de hacerlo. Yo no quería hacerlo. Sólo empujaba cuando estaba con Fabio, que entraba y salía para atender a las demás mujeres. Me negaba a empujar cuando escuchaba cómo su corazón se relentizaba. Ella era lo importante. Al rato entró Fabio de nuevo y me dijo que después de ocho horas estaba cansada, que era buena idea ponerme algo de glucosa y de oxitocina para ayudar al útero. Que estaba a punto de caramelo, y merecía la pena. Me pareció buena idea, y seguramente fue la cuarta buena decisión de la noche. Sin embargo, aquí fue cuando perdí el control del dolor.

La oxitocina exógena me produjo contracciones muy fuertes y el dolor era demasiado intenso y mucho más a menudo. No tenía tiempo para recuperarme. Aún así, me resistía a empujar cuando sentía ganas si no estaba Fabio. Entonces monitorizó a Iris directamente desde su cabecita para poder seguirla mejor, y yo seguía escuchando cómo dejaba de latir su corazón cuando empujaba. Por eso, su cabeza se asomaba, pero yo dejaba de empujar y rápidamente volvía a entrar en mi. Sentía ganas de hacer caca y Fabio me dijo que sin problemas, que estaba deseando que hiciera caca. Sonrió y me dijo que le encantaba la caca. "Cuando viene la caca viene el bebé." Por fin me dijo que me fuera con él al paritorio.

Recuerdo que caminé hasta el paritorio con las piernas abiertas, con el cable colgando de la cabeza de Iris, y que fui sonriendo y pidiendo disculpas al personal con el que me cruzaba por los gritos que había dado. Me resultaba muy graciosa la escena. Después de ponerme la oxitocina, Fabio me había dicho, riéndose, que no gritara para no asustar a las demás mujeres que estaban pariendo y no pude evitar recordarlo al ver al personal. Ahora me alegra haber gritado y no haberme reprimido.

El parto es un acto sexual y gritar me ayudó a seguir pariendo. Cada uno debe hacer lo que necesita. Quizá esta había sido mi quinta mejor decisión, la fue todo el tiempo: hacer caso a lo que sentía, a lo que necesitaba. ¿De qué otro modo se puede llevar a cabo un acto sexual? En el paritorio Fabio me dijo que me iba a dar un pequeño corte para ayudar a Iris, por que seguía dirigiéndose hacia mi pierna derecha. No sentí ningún dolor y el corte fue muy pequeño: cuando me lavaron más tarde en planta me dijeron que no tenía ninguna episotomía. Empujé y vi salir a Iris, con sus dos grandes ojos muy abiertos, mirándome. Esa mirada me tranquilizó enormemente, supe que todo estaba bien. Se la llevaron rápidamente porque el cordón tenía un nudo verdadero y le limpiaron las vías respiratorias, entre varias personas, muy rápidamente. Aquello era un equipo a las órdenes de Fabio. Recuerdo que le decían: "Tranquilo, Fabio, que todo está muy bien". Qué emocionante era verles trabajar y sentirme en sus manos.

Escuché llorar a Iris y enseguida me la pusieron encima. Eran las 00:40 del día 17 de julio. Tan chiquitita, reptaba e intentaba mamar, pero no lo conseguía. Mis pechos eran redondos y mis pezones eran grandes y oscuros, pero planos. Fabio me dijo que con los pezones planos seguramente necesitaría utilizar pezoneras. Pero yo había leído al pediatra Carlos González gracias a mis amigos Víctor y Lidia, y sabía que no sería necesario. Después de los primeros días de aprender, las dos, a mamar y a dar de mamar, seguimos hasta hoy disfrutando de la lactancia. Sin pezoneras y sin cremas. Hemos tenido nuestros problemas a los cuatro meses y a los seis meses cuando le salieron los dientes, pero los hemos superado (y sin tenerla que golpear en la boca, como me recomendaba mi abuela), gracias a los consejos de mi amiga Araceli y al apoyo del grupo de lactancia de Elche. Hemos aprendido a superar sus primeras caries sin dejar la lactancia, y seguimos aprendiendo.



Espero que esta historia pueda servir a alguna mujer para defender su parto, a tener fuerzas para saber que puede parir. Que sólo ella puede parir. En ocasiones surgen problemas, es cierto, y la medicina salva muchas vidas. Pero también es cierto que se interviene con demasiada frecuencia partos que no necesitaban ser intervenidos, conozco personalmente demasiados casos de partos forzados, no respetados, que acabaron en cesárea. Fabio fue un héroe, se la jugó conmigo como seguro lo habrá hecho en otras ocasiones. Se tuvo que enfrentar al ginecólogo para permitir que una mujer pariera de la forma más indolora posible, sin que tuviera que sufrir un trauma por parir. Incluso nos pidió que escribiéramos una carta de agradecimiento para que de algún modo constara en el hospital, porque quizá algún día podría necesitarla frente al energúmeno del ginecólogo. Nosotros no sabíamos que existían esas cartas, y nos alegró mucho poder expresar al hospital el bien que Fabio y el resto del equipo nos habían hecho en nuestras vidas.

Quizá porque mi mejor amiga sufrió un parto no respetado, yo supe armarme de argumentos, de consejos y de lecturas que me ayudaran a saber decir "no" en aquel delicado y preciso momento. Para mi fue necesario conocer datos (guías de buenas prácticas clínicas del Ministerio de Sanidad y otras guías de distintos países, conocer el porcentaje de cesáreas en distintas comunidades y hospitales, saber cómo se llevan a cabo los partos en distintos países, etc.) que me dieran autoconfianza y tranquilidad. En la red muchas mujeres se ayudan, y también cuentan sus casos: verdaderos dramas, y se les dice que den gracias por estar vivas cuando saben que han sufrido un trauma innecesario. Por desgracia hay tanta desinformación, tanto en la red como en los consejos de otras mujeres, que generalmente los partos son intervenidos y la lactancia acaba siendo un biberón "por necesidad".

Muchos años de evolución nos han traído hasta aquí, hoy. Si nuestras antepasadas mujeres no hubieran podido parir, seguramente no estaríamos aquí. Un buen parto les permitió una lactancia que protegió y alimentó a sus hijos, y nosotras también podemos hacerlo. Sí, todas podemos dar pecho: si conocemos las ventajas del colecho, si tenemos confianza en nosotras mismas... son muy pocos los casos de enfermedades congénitas y muchos los mal llevados y mal aconsejados. Conocer la experiencia de mi amiga Merche, Carlos González con sus libros y sus vídeos en la red, los consejos y experiencia de mis amigos Víctor y Lidia, los recursos y el aliento de Araceli y contar con un matrón tan profesional como Fabio cambió nuestras vidas. ¡Gracias de corazón! También espero que las mujeres que han tenido un mal parto como les ha ocurrido a mis mejores amigas, sepan que su segundo parto no se parecerá en nada al primero, porque cada parto es siempre distinto.